Shostakovich recortada

El controvertido Shostakovich, un maestro del sinfonismo

La Sinfónica de Tenerife dedica al compositor ruso un miniciclo en la temporada 2015-16 con la interpretación de las Sinfonías número 9, 10 y 11

La contradicción acompañó a Shostakovich desde su nacimiento hasta el momento de su muerte. Tanto en su carácter como en su arte, cualidades como dureza, acidez, fortaleza extrema, despotismo o inteligencia anulaban otras como delicadeza, fragilidad o pureza. Este conflicto trascendió incluso a su óbito ya que no ha dejado de cuestionarse, con polémica, la veracidad de las muchas biografías que se han escrito para descifrar su genio. Lo que no ha tenido discusión es la importancia de su música, considerada enigmática y multiforme, que lo significó como el autor más destacado de la era soviética. A este maestro de la composición le dedicará la Sinfónica de Tenerife un miniciclo durante la temporada 2015-2016 que abarca las Sinfonías número 9, 10 y 11.

Estas tres piezas se integran en el catálogo de las 15 que escribió, valoradas como las más importantes desde los 15 cuartetos para cuerda de Mahler, y es precisamente en la línea de este último, junto a la de Beethoven, Berlioz y Chaikovski, donde se inscribe toda su obra sinfónica.  “Gran nobleza” y “generoso humanismo” son algunos de los atributos que se le aplican a su música, controvertida en el sentido de que reunía, por un lado, “los hallazgos más importantes y más originales”, y “un academicismo tan decepcionante como inevitable en las obras de circunstancias”.  No hay que olvidar que, si bien al descubrirse su talento en la década de los años 20 del siglo pasado se entendió que era el primer gran autor de la “nueva Rusia”, su existencia, como la del resto de artistas compatriotas, se vio enturbiada por la represión estalinista.

La producción de Dimitri Shostakovich (1906-1975) no solo se limitó a la creación sinfónica: con 147 números de opus, cultivó también la ópera, la música de cámara, partituras para películas y el concierto. Según describe André Lischké, “es en sus quince sinfonías y en sus seis conciertos donde muestra todos los aspectos de su ciencia musical”. Tras realizar sus estudios en el Conservatorio de San Petersburgo, estrenó con gran éxito la Sinfonía número 1, en 1925, cuando tenía 19 años, obra que, como sus primeras composiciones –Sinfonía número 2 y las óperas La nariz y Lady Macbeth de Mtsensk– posee una gran exuberancia, euforia, sarcasmo, expresionismo feroz y sátira social, componentes surgidos de la influencia de Chaikovski, Prokofiev, Mahler o Berg.

Pero el estreno en 1936 de su segunda ópera, basada en un relato de Nikolai Leskov, supuso un antes y un después en su vida, tras ser duramente criticada en el diario oficial Pravda, con lo que pasó de favorito a “enemigo del pueblo”. Fue con la Sinfonía número 5, al año siguiente, que consiguió ser redimido al satisfacer las demandas de simplicidad y optimismo del régimen comunista, aunque su música ya había perdido el optimismo de la primera época y el tono se volvió serio, estricto y eficiente. En 1942, la Sinfonía número 7 «Leningrado» lo consagra definitivamente dentro y fuera de las fronteras de la Unión Soviética como el más grande sinfonista del país, sin embargo, no pudo evitar ser atacado de nuevo en 1948 debido a su formalismo, críticas que afectaron a sus Sinfonías número 8 y 9.

Juan MaRe

Estrenada en noviembre de 1945, al terminar la guerra, la Sinfonía número 9, en mi bemol mayor (opus 70) provocó, según Shostakovich, la cólera de Stalin, quien esperaba una partitura apoteósica en lugar de una obra “de inspiración objetiva, fresca, a veces vigorosa, pero de limitado alcance”, aprecia Lischké. Es la más ligera de las quince sinfonías, pero también la menos popular, no como la Sinfonía número 10, en mi menor (opus 93), escrita en 1953, tras la muerte de Stalin, cuyo estreno fue acogido como un acontecimiento. El crítico Arturo Reverter destaca sobre esta obra que “en contra de lo que pueda parecer, no es un canto, un homenaje al estadista desaparecido, sino una lectura entre líneas, una crítica incluso a los tiempos que se iban”. Es más, hay quienes aprecian en el falso triunfalismo del final su odio hacia el régimen. Ambas composiciones serán interpretadas bajo la batuta del director titular y artístico de la Sinfónica de Tenerife, Michal Nesterowicz, en el primer (la Décima sinfonía) y cuarto concierto (la Novena sinfonía) de la temporada 2015-2016, los días 2 de octubre y 4 de diciembre, respectivamente.

Habrá que esperar hasta el 27 de mayo de 2016 para escuchar la Sinfonía número 11, en sol menor, «El año 1905» (opus 103) con motivo del 14º concierto de abono, que contará con el director honorario de la orquesta, Víctor Pablo Pérez, en el podio dirigiendo una obra a su medida. Shostakovich la dotó de cuatro movimientos, que se interpretan de forma continua, de tal manera que la melodía rememora los sucesos del Domingo Sangriento de 1905, aunque lecturas posteriores apuntan a que al mismo tiempo relata, aunque de forma oculta, la revolución húngara de 1956. Ganadora en 1958 del premio Lenin, la Undécima sinfonía es un poema sinfónico repleto de cantos populares y revolucionarios, que se enlazan con citas de sus propias obras y de una opereta de Sviridov, lo que ofrece una idea del verdadero mensaje que el autor quiso transmitir si se tiene en cuenta su moderación en lo que respecta al uso de estos elementos en su música.

Dimitri Shostakovich nació bajo el reinado del Zar Nikolai Romanov, se formó en la época de la revolución y cuando murió su país era la Unión Soviética (URSS). Testigo de una era turbulenta, fue acusado de lacayo del régimen soviético por los modernistas, al mismo tiempo que aún hoy son tema de debate los intentos de encontrar mensajes antiestalinistas en su música. Sin embargo, no pudo evitar, como Alex Ross ha escrito, convertirse en cronista musical de una época esencial en la historia de la composición rusa. “Desenmarañar las relaciones de los compositores con el totalitarismo constituye un ejercicio peliagudo. Durante mucho tiempo, los estudios sobre Shostakovich giraron en torno al tema de si fue un compositor «oficial» que produjo propaganda por encargo o un disidente secreto que cifraba mensajes antiestalinistas en sus partituras. […] Las categorías en blanco y negro no tienen sentido en el reino e las sombras de una dictadura. Estos compositores no fueron ni santos ni demonios; fueron actores defectuosos en un escenario inclinado. En unos versos adicionales para Die Moritat vom Mackie Messer, Bertolt Brecht escribió: «Hay quienes habitan en la oscuridad, hay quienes habitan en la luz». La mayoría no habitan en ninguna parte, y Shostakovich habla en nombre de todos”.

Bibliografía utilizada:

Tranchefort, François-René, Guía de la música sinfónica, Alianza Editorial, 2008, Madrid.

Burrows, John (Dir.), Guías visuales Espasa. Música clásica, Espasa Calpe, 2009, Madrid.
Honegger, Marc (Dir.), Diccionario biográfico de los Grandes Compositores de la Música, Espasa Calpe-BBVA, 1994, Madrid.

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