XXXI Festival de Música de Canarias

Penderecki recortada

Director: Krzystof Penderecki

Solista: Massimo Mercelli. Flauta

Obras:

  • Die schöne Melusine, Obertura de F. Mendelssohn.
  • Adagietto from Paradise Lost Flute and Strings de K. Penderecki.
  • Concierto para flauta y orquesta de K. Penderecki.
  • Sinfonía nº 4, de F. Mendelssohn.

Krzysztof Penderecki (Debica, Polonia. 1933) es un compositor de la vanguardia que cambió el rumbo de la creación sonora en la segunda mitad del siglo XX. Su obra, desarrollada en principio durante la Guerra Fría, lo identificó como el compositor polaco de mayor influencia en el terreno de la música aleatoria, que enarbolaron artistas como John Cage. Es también creador de grafismos, aún vigentes, que permitieron señalar en el papel la revolucionaria ejecución de nuevas técnicas instrumentales y orquestales que desarrolló en la década de los 60. Hay quien lo considera el verdadero antecesor del minimalismo misticista que desplegara Karlheinz.

El músico polaco registra un amplio y variado catálogo que va desde la sinfonía, la ópera o el oratorio, firmando composiciones como Threnody, Polymorphia, De natura sonoris, el oratorio La pasión según San Lucas o la ópera Los diablos de Loudun, siendo uno de los compositores del pasado siglo que ha perseguido la evolución del sonido.

La difusión de su faceta como compositor le ha llegado, en gran medida, a través  de su vertiente como director. Su música ha sido por Rostropovic uno de sus mayores promotores, además de Lorin Maazel que le calificaba como uno de los “grandes genios contemporáneos”, Karajan, Mehta, Ormandy, Stern o Anne-Sophie Mutter, entre otros.

Para la obertura que abre el programa, Félix Mendelssohn se fijó en una de estas criaturas de fantasía, la sin par Melusina, de la que en media Europa —ambas partes, francesa y alemana, de la cuenca del Rin— se venían contando historias, a cual más maravillosa, desde hacía casi un milenio. Ignaz Moscheles dirigió el estreno de esta obertura en 1834, en la Sociedad Filarmónica de Londres, que la había encargado.

Nadie sabe por qué le incomodaba tanto a Mendelssohn su Cuarta sinfonía. Nada más estrenarla, en 1833, se sentó a hacerle cambios y no paró hasta terminar una segunda versión que tampoco le dejó satisfecho. Al morir, dejó bosquejados planes para reformarla en profundidad. Es asombroso, porque todos sus contemporáneos como en los dos siglos siguientes,  creen de forma unánime que la Italiana es una sinfonía perfectamente acabada y maravillosa, tanto en lo estructural como en lo expresivo. Conquista al oyente desde el primer compás con un tema inolvidable, lleno de vitalidad y optimismo, evidentemente italiano, inspirada cuando Mendelssohn viajó en 1830 a Italia, donde encontró, dice, la alegría en el paisaje, en la naturaleza y en los recuerdos de la cultura antigua.

La segunda de sus óperas se titula Paradise Lost, según el poema épico de John Milton. Es fruto de un encargo con motivo del Bicentenario de la independencia de los Estados Unidos. La estrenó la Lyric Opera de Chicago en 1978.  En el segundo acto, Penderecki incluyó un interludio orquestal muy inspirado que lleva la indicación Adagietto y en el que la trompa se opone con sus notas estáticas al movimiento de la orquesta de cuerda. Posteriormente el compositor decidió darle vida concertística propia a este fragmento.

Escrito por encargo y estrenado  en 1992 por el autor con Jean-Pierre Rampal de solista, el Concierto para flauta y orquesta de Penderecki es una obra muy peculiar. El día de su presentación en Nueva York, al crítico del New York Times la obra le pareció “casi mendelssohniana” por su estructura clásica y su obsesión por el buen gusto. Lo que le chocaba a Bernard Holland era ver en Penderecki una música así de pulcra y refinada. Dónde había quedado, se preguntaba, la escritura abierta, aleatoria, las grandes masas vociferantes, los gruesos brochazos orquestales o corales. En efecto, la ideación aquí es diáfana, clásica en muchos sentidos, y brillantísima en su polifonía y en su color.

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