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Gustav Mahler y el adiós de la ‘Novena’

03/08/2015
Juan MaRe

Michal Nesterowicz concluye al frente de la Sinfónica de Tenerife el recorrido por las sinfonías del compositor en el concierto de clausura de la temporada 2015-2016

En una reciente entrevista, Semyon Bychkov (San Petersburgo, 1952) confesaba una pasión desde la niñez por Gustav Mahler (1860-1911), cuya música describió como “contradictoria y desconcertante”. A las sinfonías épicas de esta figura incuestionable del posromanticismo le ha dedicado la Sinfónica de Tenerife un espacio predominante en las tres últimas temporadas, una constante programada por Michal Nesterowicz desde que asumió su cargo como director titular y artístico de la formación del Cabildo, ya que comparte con el maestro de origen ruso su admiración por este autor al que no solo domina sino que trata con inaudita habilidad.

Este viaje por el sonido de una época de transición finaliza con la Sinfonía número 9, en re menor, el culmen de la polifonía y la gran obra de despedida del compositor bohemio que será interpretada en el concierto de clausura de la temporada 2015-2016. Apreciada como la pieza central y más universal de su trilogía del adiós –junto a La canción de la tierra y la inconclusa Décima Sinfonía– encarna la naturaleza de su producción musical: una línea sinfónica amplia (llena todo un programa), generosa, vibrante, además de cargada de ironía, drama, patetismo, belleza y técnica contrapuntística elaborada cuidadosamente.

Al igual que sus antecesores Beethoven, Schubert y Bruckner, Mahler murió con la maldición de las nueve sinfonías, ya que la Novena fue compuesta durante el verano de 1909 en Toblach (Austria) pero se estrenó después de su fallecimiento, en 1912, por Bruno Walter, el primero de sus discípulos y seguidores, en el Festival de Música de Viena. Pero esta obra era ya su carta de despedida; Berg y Schoenberg la consideraron “un presentimiento de la muerte” y “la expresión de un amor inaudito a esta tierra”.

Siguiendo la línea existencialista que adquirió de su admiración por Schubert, la  Sinfonía número 9 no solo es su desconsolado adiós después de serle diagnosticada una enfermedad del corazón (que expresa magistralmente con la arritmia del primer movimiento, una nota única rítmicamente repetida como el latido del corazón), sino también el fin de su matrimonio con Alma, con quien mantuvo una relación tormentosa. El segundo movimiento expresa con nostalgia y sátira la conclusión de la vida social, mientras que en el tercero hay una feroz protesta contra Viena expresada con música grotesca. Sin embargo, el cuarto y último movimiento señala la nada, una nada constante, aceptando serenamente la muerte.

Gustav Mahler no fue un compositor con una significativa obra de piano, tampoco de óperas, pero sí fue un destacado director de orquesta y un maestro del patetismo sinfónico. Con Nietzsche y Dostoiewsky como autores de referencia, supuso el puente entre la tradición austroalemana del siglo XIX, caracterizada por una vida religiosa, excesivamente mundana, social y formularia, y el modernismo del XX, una reacción anárquica a todo lo anterior, apreciable en la disposición orquestal de sus sinfonías. En un intento de hacer del espectáculo un “misterio”, quería que sus sinfonías fueran largas para que, he aquí la paradoja, no lo fueran. Y la Novena marca el fin de Mahler, de la vieja Europa, de la tonalidad, anunciando una nueva era.

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